I

JNU es un remanso de paz en el caos de Delhi. A las nueve de la mañana, mientras la gente camina perezosa de los hostels a las aulas, la luz se filtra entre los árboles y cae como cascada dorada.
Quizá muchos ni se fijen, pero los sonidos aquí dentro suenan a pluma suave de verano.

*
Como digo, si no fuera por este campus (extremadamente inspirador, de lucha política de izquierdas, de cultura de protesta y activismo, de puño en alto, de canciones alrededor de una hoguera, de palabras traducidas de Marx y lucha poscolonial, esas cosas) mi mente se fundiría con la demencia de la gran ciudad.
Delhi es un monstruo inabarcable. No dan los pies, las manos ni los sentidos más extremos para llegar a tocarla del todo.

El curry tiene el sabor de la piedra recién bañada. Se soporta por dos motivos dorados y alimenta a un hombre cansado de correr. “Hoy me desperté con gripe” trozo de Butter Naan con curry dal a la boca “pero esta noche tengo partido”. Rashid estudia matemáticas y juega al cricket. Dice repetidamente que le encanta tener acento indio; que el inglés, ahora mismo y en este contexto, está para deformarlo y sabotearlo, para poseerlo, para darlo forma propia, identidad cantante, hemisferio.

 

Vieja Delhi, dirían muchos, es un agujero de ratas. Es basura. Es mugre. Es pitidos, motos descontroladas adelantando a coches, a figuras humanas, a perros rotos. Vieja Delhi es, para muchos, un lugar donde, sin importar si vienes o vas, la atmósfera te suprime el aliento.
Sin embargo, en la calle principal del mercado, hemos girado a la izquierda y nos hemos encontrado con una callejuela repleta de colores. Hay un grupo de hombres reunidos a las puertas de un templo majestuoso (¿cómo es posible encontrarse de repente con algo tan poderoso?) y, caminando hacia el final, hay una mujer que plancha con una plancha antigua de carbón. No puedo dejar de mirarla. Espero que no se gire y vea a esta tonta chica de origen cierto pero camino mareado, mirándola fijamente.
Mantengo mis ojos en ella y hago tres preguntas en silencio. Sé que si nos diéramos la mano, me las respondería todas.

Justo al final de la calle hay un templo pequeño al que un hombre (bastante antipático pero con una meta clara: enseñar su pequeña propiedad) nos invita a pasar. Nos descalzamos y leemos las normas: aquellas mujeres que se encuentren en su periodo mensual no podrán acceder a la habitación central del templo.
Qué casualidad, pienso, estar tan irregular (no he parado de sangrar en días) justo cuando quiero entrar a un templo. Qué mala suerte, sigo pensando, ser impura durante tantos días, ser impura ante tantos Dioses, hombres, mundos y símbolos.
Me quedo pensando y acabo diciéndoles a mis compañeros que no entraré al templo para cuidar de nuestras mochilas.
Mentira. En realidad, la parte más irracional de mí, me prohíbe romper esa norma
en un templo
de un credo
sobre el que no tengo ni idea.

Cuando mis compañeros (todos sin la capacidad de expulsar óvulos cada mes) vuelven,
me dicen que estaba bonito pero que no era para tanto
que han tocado una campana dos veces

y que volvamos al mercado.

 

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