Se avecina tormenta

Mamá siempre guardaba sus brujitas de porcelana cuando se acercaba la tormenta. Recuerdo su impaciencia, la leña interior invadiendo su vientre antes de que el primer rayo iluminara el segundo piso. Yo me recostaba, hecha un nido, entre las miradas del perro y la de los peces del acuario, aterrada por el aguacero que se avecinaba.
Me daba miedo ver la habitación de mis padres desnuda, despojada de las brujas: era como si el talismán hubiera sido arrancado de cuajo.
«¿Y si nos lleva la corriente?»
«Nos convertiremos en barro.»
Qué tranquilidad pensar en ser tierra por un rato.
El agua, entonces, se volvía poción y ya no había espacio ni habitación para temblar con la tormenta.

De niña no entendía sobre el agua y la vida. El río, siempre era, el lugar de despedida. El mar, la nostalgia más profunda de mi hermana. ¿Cómo beber entonces de una muerte asegurada? Me resistí a lo que durante años se volvía desafío diario: agarrar el líquido con las manos, y empecé a esconder los pies, los muslos, los pechos, la boca…

 

(…)

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